Samarkanda y la Ruta de la Seda

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Ubicada en el corazón de Uzbekistán, Samarkanda es una ciudad mítica que ha pasado a la Historia por ser parte primordial de la conocida Ruta de la Seda que tantas leyendas e Historia ha concebido a lo largo de los siglos. Puerta del Oriente, camino de culturas, e importante centro económico y comercial años ha, la Ruta de la Seda es la unión de Occidente con Oriente; la encrucijada que un día sirvió para unir a dos culturas, tan admiradas entre sí, como temidas.

Ciudades tan misteriosas e históricas como Bagdad, Teherán, Constantinopla, Antioquía o la propia Samarkanda, eran etapas de aquella ruta que fuera tan detalladamente descrita por Zhang Qiang en el año 138 a.C. Éste describió uno a uno los reinos que en número de 36 conformaban la Ruta de la Seda, exaltando la belleza de Samarkanda dibujada por más de 2.500 años de antigüedad.

La elaboración de la Seda fue un secreto bien guardado en la antigua China. Tanto que el revelar el secreto de su producción acarreaba la inmediata pena de muerte para quien lo desvelara. Pero todo lo prohibido lleva ímplicito una pequeña dosis de misterio que empuja a descubrirlo, a motivar la curiosidad e intentar saber lo oculto de ello. Y así llegó el momento de desvelarse el secreto y lo hizo de la manera más impensable, cuando una princesa del reino chino vendió su secreto en el siglo III d.C. a Japón. Poco le fue en vida, pues como dictaban las leyes, la princesa fue acusada de alta traición.

Aún así, el secreto se mantuvo tras las puertas de Oriente, y hubieron de ser, años después, dos monjes quienes, escondiendo unos cuantos gusanos de seda en cañas de bambú, cruzaron toda la ruta para llevarla hasta Occidente. Era el año 536, y fue el empujón definitivo para todas aquellas ciudades que la componían. Hasta entonces, por aquellas ciudades desfilaban lo más granado de la cultura tanto de Oriente como Occidente.

Samarkanda se eleva sobre la colina de Afrasiab. Fue el origen de aquella ciudad que creció sin parar hasta que en el año 1218 la invasión de los mongoles la arrasó y saqueó, perdiendo una buena parte de todas sus obras históricas. Como tantas otras ciudades de la zona, tras la devastación, hubo de levantarse nuevamente y fue entonces cuando surgió la figura de Tamerlán o Timur el cojo a quien le debemos una buena parte de su conjunto arquitectónico. En la necrópolis de Shaji-Zinda, sobre la histórica colina, se elevan los mausoleos de algunos de sus descendientes.

Estos mausoleos, junto con el de Ulug-Bek, de principios del siglo XV, conforman una de las imagenes más vistosas de la ciudad, por su velada policromía y sus construcciones revestidas de mosaicos multicolores. De allí, un pasadizo lleva hasta la conocida Plaza de Reguistán.

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Pero si hay una imagen conocida de Samarkanda, esa es la de su puerta principal, que data del año 1404 y da entrada a la mezquita del siglo XV y al mausoleo de Kusam Ibn Abbas, el más antiguo de todos los mausoleos que se conservan en la ciudad.

Siguiendo con el famoso patio, llegamos a su tercer lado donde se encuentra el mausoleo de Gur Emir donde está la tumba de Tamerlán.

Pero la historia no se portó bien con Samarkanda desde entonces. Cuando Bukhara fue nombrada capital, Samarkanda perdió importancia y nombre, hasta quedar practicamente abandonada durante un par de siglos. Fue finalmente dos siglos después, en el XVII, cuando acabaron por construirse los dos últimos edificios de la famosa plaza de Reguistán: la mezquita de Bibi Janim y el Gran Bazar, el cual hoy día, es una visita que no debemos perdernos, sobre todo al anochecer, cuando la ciudad cobra vida convirtiéndose en lo más cercano a lo que en cuentos siempre nos han narrado de las ciudades orientales.

Toda ésta es la antigua ciudad, porque en los alrededores se levanta la parte moderna, la actual, sin encanto ni importancia. Aún así, y dejándola a un lado, Samarkanda, la antigua, la de las leyendas de la Ruta de la Seda, siempre permanecerá viva en aquella Plaza monumental.

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