Escapada a la seducción de Collioure

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“No hay cielo más azul que el de Francia, Collioure …Tengo que cerrar las persianas de mi habitación y todos los colores de la casa del Mediterráneo” dijo el pintor Henri Matisse de esta joya engarzada en el límite entre Francia y España, a sólo 26 Km. de la frontera con ese país, donde nos esperan un pequeño puerto catalán, un clima excepcional, playas y calas de aguas claras y un estilo de vida donde se privilegia el bienestar.

Es muy fácil llegar a Collioure, por carretera tomando la autopista A9, en tren en forma directa desde París o el TGV París-Perpiñán, o por aire, desde el Aeropuerto Internacional de Perpiñán.

Collioure con su cielo azul atrajo a los pintores más importantes de principios del siglo XX, como Derain y Braque.  Entre sus huéspedes más destacados se encuentran Picasso, Foujita y Dalí, a quienes también deslumbró ese puerto de barcas multicolores que surge de repente, en el tramo del ferrocarril que, yendo hacia Barcelona, recorre la Costa Bermeja; esa villa cuyo símbolo, el faro del puerto, es reconocible desde lejos convertido en campanario de una iglesia con su cúpula de color rosa.

Aquí llegó en 1939 Antonio Machado, exiliado, para morir junto con su madre, con apenas tres días de diferencia, después de garabatear su último verso: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

La villa los recuerda con su “Camino del fauvismo”, como se llamó al estilo salvaje de pintura de estos artistas, veinte etapas señaladas cada una con la reproducción de uno de sus cuadros.  No se puede dejar de visitar la ermita de Nuestra Señora de Consolación y su capilla de los pescadores,  la Costa Bermeja y el Roselló, con la torre de Madeloc, vigía del mar desde el siglo XIII;  y el barrio viejo del Mouré con sus empinadas callejuelas y las murallas del castillo.

Más allá de la seducción que ejerció sobre músicos y poetas, Collioure es conocida por sus sabores: las famosas anchoas y sus vinos.  Hace cien años había ochocientos pescadores y treinta talleres de salazón de anchoas; aunque actualmente sólo quedan dos de estos, continúan elaborando las anchoas a la manera tradicional, frescas, en vinagre, en sal, en aceite; las ofrecen en frascos, en latas o en barricas.

Los vinos Banyuls, dulces naturales;  y Collioure, tintos y rosados,  provienen de vides de garnacha negra plantadas frente al mar, de profundas raíces para resistir la sequía, cultivadas y cosechadas en procesos manuales pues es imposible la mecanización es estas terrazas empinadas: las vides parecen colgar de la pendiente, sujetadas por los muros de piedra, quemadas por el sol, castigadas por el viento. La arquitectura de paredes de piedra seca y los canales de drenaje, fueron introducidos por los templarios en el siglo 13 y forman parte del patrimonio cultural y natural de los viñedos. También podremos ver los tradicionales casots, antiguas cabañas de piedra de típico estilo catalán, actualmente abandonadas, que eran en otros tiempos el único refugio posible en la roca escarpada.

Si la idea es quedarse, lo mejor es buscar alojamiento en alguna casa de familia, pues ya están preparadas para recibir a los turistas; ofrecen baño, cama y desayuno en habitaciones para una y hasta cuatro personas; algunas tienen jardín y balcón, y también lugar para el auto. Se podrá encontrar varias con vista al mar, o a la bahía, y están disponibles todo el año. También hay hoteles con y sin restaurante, y otra posibilidad interesante es alquilar departamentos amueblados.

Comer no será problema; hay restaurantes de playa con menú a la carta, menú para niños, terrazas frente a la bahía que se especializan en frutos de mar, otros de comidas rápidas como viandas, ensaladas y pizza, y por supuesto los de comida regional, como las anchoas de Collioure, “bouillabaisse”, platos con la pesca del día al horno o a la plancha, y crema catalana.

Foto: Wiki Commons

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